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Uno nunca espera llegar a esta edad, en la que los 30 ya se vislumbran al final del sendero. Uno sigue pensando que la década de los feliz años 20, donde se sientan, o sentaban, las bases de todo durará mucho más, pero al final todo se resume a donde estás aquí y ahora. La intención original de esta entrada, con la que retomo un poco estos apuntes personales donde todo cabe, era quizás reflexionar brevemente sobre el camino que uno deja atrás, sobre lo que han supuesto los 26 años y, en definitiva, airear un poco ese ego que todos pretendemos esconder pero que todos sacamos a paseo en cuanto tenemos una pequeña oportunidad. Al final he decidido que esa reflexión la dejaré para otro día y que prefiero dejar mi ego un poco -—sólo un poco— a un lado para contaros como ayer conseguí estar presente cuando se hacía un poco de Historia.

Durante tres años, comenzando en el 2010, conseguí introducirme en un mundo al que creía que únicamente podría acceder como espectador. El baloncesto supuso para mi en la adolescencia todo un mundo lleno de posibilidades en la que se mezclan los sueños, la realidad y el desorden de una época por la que el peregrinaje de la vida se hace especialmente confuso. No volveré a contar toda esa historia de nuevo, pero finalmente la realidad se impuso y me dijo en la cara que yo jamás sería un jugador de baloncesto, ni siquiera uno del montón. En aquel momento uno no piensa que se convertirá en el entrenador de un grupo de jóvenes que desbordan ilusión y trabajo a partes iguales y que ya se han ganado el corazón de muchos en esta región cuando apenas unos años atrás Bullas era sinónimo de muchas cosas pero no de baloncesto. Hoy ese amor por el baloncesto, palpable cuando tratas a este pequeño club, ha llegado a tener su eco incluso en medios online de tirada nacional.

Los tiempos cambian, decía Bob Dylan, y ayer volví a ver a ese grupo de chavales desde el asiento de espectador en el primer partido de playoffs que disputan. Una de las cosas que he aprendido estudiando Historia es que la frase “la Historia es progreso” es una auténtica mentira, como diría uno de los miembros de ese equipo, pero en el caso de ellos esto no se cumple. El primer año que lleve el equipo ganamos 3 partidos, toda una proeza para unos novatos como nosotros en la categoría. Hoy, cinco años después, han quedado en la tercera posición de toda una liga. Como digo, es duro en parte observarlos crecer ya un poco desde la distancia, desde el asiento del espectador. Con orgullo puedo señalar que les vi crecer desde dentro y con orgullo puedo señalar que yo crecí como entrenador junto a ellos. Ellos sentaron las bases de todo lo que soy y seré en ese puesto. Por ello siento sus victorias casi con la misma emoción que ellos y me duelen sus derrotas como si aún estuviera en la pista sufriéndolas junto a ellos.

Como iba diciendo, ayer jugaron su primer partido. Lo confesaré, tenía miedo de que el ambiente —excelso y como cabe de esperar de un partido así— supusiera un elemento en su contra y la presión les empequeñeciese la muñeca. Por fortuna, nunca mejor dicho, me equivoqué completamente y el partido comenzó con un 18 a 2 desde el inicio. El apabullante descaro y juego que mostraron nada más comenzar me dejó perplejo incluso a mi, y me hizo preguntarme donde estaría el techo de estos chicos de apenas veinte años como equipo. Mi segundo miedo —vuelvo a confesar— fue que no supieran mantener una renta tan holgada en la que si el equipo contrario es capaz de meterse nuevamente en partido el hundimiento psicológico es doblemente mayor. Nuevamente me equivoqué estrepitosamente y no sólo supieron manejar una renta así sino que la aumentaron en ocasiones a casi el doble. Concentración durante los 40 minutos, choques de mano, pases extra, roles claros, sin mostrar ningún tipo de vacilación o miedo, con determinación, con amistad.

No se hasta donde llegarán este año, pero yo ya estoy contento porque veo a un equipo que disfruta en la pista y eso, como bien sabrán mis compañeros entrenadores, es el Santo Grial del baloncesto que todos buscamos, si ese disfrute se ve en pista todo lo demás es simplemente una consecuencia de aquello. Mucho mérito de esto tiene, como no, el entrenador actual del equipo, Alfonso Moya, que ha sabido llevar durante dos años a un equipo que siempre ha ido a más, que ha superado todos las metas que llevaron a cabo conmigo y que ha sabido lidiar con las inevitables crisis y presiones que todo equipo sufre en el largo periplo de una temporada fortaleciéndose cada vez más. A veces nos olvidamos de que el entrenador es también un importante engranaje de un equipo, aunque los protagonistas sean siempre los jugadores. Hoy quiero reivindicar un poco su figura porque os aseguro que no es nada fácil hacer lo que él ha hecho, llevando adelante no sólo a un equipo, también a un club. Mi máxima admiración a su persona.

Por todo esto he de admitir que este 9 de mayo recibí uno de los mejores regalos que me han hecho en un cumpleaños, algo que es más que una victoria a puntos: un día que nunca olvidaremos, un gran recuerdo para nosotros y para todos los que tuvieron a bien acercarse aquel día a animar a un equipo de los de verdad.

bullas

 

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Un comentario sobre “27

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  1. ¡Qué bonito Juanjo! La verdad es que fue un buen regalo de cumple, me imagino lo que disfrutarías… si disfruté yo… 🙂 jiji Me alegra leerte, hoy precisamente también le he dado una vuelta a mi blog y me ha podido la nostalgia, pero en el fondo hay cosas que siempre están ahí.
    Abrazos.

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