Luces de la ciudad

Chaplin también es capaz de montar una historia de amor al estilo Disney donde el príncipe se enamora, salva a la princesa y son felices. Salvo que aquí no hay príncipes ni princesas, ni siquiera fastuosos castillos. Aquí hay una ciudad llena de gente, ricos borrachos, pobres diablos que limpian la basura de otros por una miseria y combates clandestinos en la noche. Y una serie de calles con las que acabamos familiarizándonos.

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La flor blanca, símbolo de la pureza de sus sentimientos, se convertirá en el enlace entre ambos.

Nos muestra una radiografía juguetona de una típica ciudad estadounidense de los años 30 y sus diferentes escalas en las que él mismo se deja ver desde su condición de vagabundo. La primera escena es soberbia. El alcalde y distinguidos miembros de la ciudad se disponen a erigir un conjunto escultórico cuando de pronto se encuentran con que, bajo la tela que cubría este, hay un vagabundo durmiendo e intentando resguardarse del frío que no entiende por qué todo el mundo se encuentra tan exaltado. Chaplin se mofa desde el mismo inicio de esos ilustres personajes orgullosos de sus posesiones materiales.

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Así, en un amplio número de escenas fragmentadas, monta diferentes historias: amores, desamores, soledad, barreras sociales, miserias y oportunidades que tienen como hilo conductor a un Chaplin que se enmarca en una aventura para ayudar económicamente a una chica ciega de la que se ha enamorado, valga la redundancia, ciegamente.

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Chaplin conocerá a un acaudalado magnate del que se hará amigo, lo que le abrirá las puertas al modo de vida de las clases altas. Esta relación sólo se dará en el momento en el que intervenga un poderoso elemento: el alcohol.

En un mundo real donde el cine sonoro era ya una realidad nos encontramos con un director que prefiere seguir abusando de actuaciones soberbias con guiones que decían poco, pero insinuaban mucho. En algunos de los primeros planos de caras nos encontramos con algunos de los gestos y miradas que no necesitan ningún tipo de diálogo porque ya sabemos perfectamente que es lo que nos quieren relatar. Menos es más.
Y un final en el que, como la vida misma, no sabemos si sonreír o llorar. Si es feliz, es triste o es un poco de todo pero en el que, finalmente, somos capaces de ver.

“- ¿Ahora, ya ves?
– Si, ahora ya veo.”

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